El 21 de septiembre marca en el calendario algo más que un cambio de estación. Empieza la primavera, y con ella llegan esas ganas de abrir las ventanas, dejar entrar el aire tibio y sentir que algo se renueva adentro nuestro también.
No hace falta que nos gusten las flores o que tengamos un jardín para sentirlo, está en los días más largos, en la luz distinta, en el simple hecho de salir a la calle y ver que todo parece un poco más vivo.
La primavera siempre tuvo algo de metáfora. Habla de florecer, de volver a empezar, de recordar que todo tiene ciclos. Quizás por eso nos conmueve tanto, porque a veces también necesitamos que algo en nosotras florezca otra vez.
El florecer lento
Hay una idea equivocada de que en primavera todo explota de golpe. Pero si nos detenemos a mirar, la verdad es que nada florece de un día para otro.
El brote se asoma tímido, la flor tarda en abrir, los árboles cambian despacio. La primavera es un proceso, y es justamente esa lentitud la que la hace valiosa.
Nosotras no somos tan distintas. A veces nos exigimos resultados rápidos, cambiar hábitos en una semana, dejar de sentir algo de un día para otro, tener todo resuelto ya. Pero si miramos la naturaleza, vemos que nada funciona así, y que no está mal.
El florecer lento es un recordatorio de que el tiempo hace su trabajo. Que lo importante no es correr, sino sostener, y que el verdadero cambio se nota de a poco, como cuando un día descubrís que ese árbol que parecía seco ahora está lleno de hojas.
Tal vez la primavera nos enseña eso, a confiar en los procesos, en lo que tarda, en lo que parece invisible hasta que de repente está ahí, frente a nosotras.
Pequeños rituales de primavera
El cambio de estación siempre trae la tentación de empezar de nuevo. Y no hace falta hacerlo a lo grande, a veces los gestos más simples son los que más nos cambian el día.
Algunas ideas fáciles que pueden convertirse en rituales:
- Abrir las ventanas y ventilar bien la casa: Dejar que entre la luz y el aire fresco es una forma sencilla de resetear el espacio y también la energía.
- Sumar flores o plantas nuevas: No tienen que ser ramos enormes: hasta una ramita verde en un vaso cambia cómo se siente un rincón.
- Caminar más: No como obligación, sino como excusa para estar al aire libre, mirar el cielo, descubrir árboles en flor.
- Tomar sol un ratito: Aunque sea en el balcón, aunque sea cinco minutos. El cuerpo también agradece esa vitamina.
- Ordenar un cajón o un estante: No todo de una vez, pero elegir un lugar y darle aire. Lo externo siempre impacta en lo interno.
- Escribir algo: Un diario nuevo, una lista de cosas que te ilusionan, lo que quieras. La primavera también es buena para anotar deseos.
Son gestos chicos, casi cotidianos. Pero si se repiten, se convierten en hábitos que acompañan el florecer.
La estación de los comienzos
La primavera también es un buen momento para animarse a lo nuevo. No siempre hablamos de grandes decisiones, a veces basta con un detalle.
Puede ser probar un color distinto al vestirte, hacer un plan que no solés hacer, retomar un hobby que habías dejado o decir que sí a algo que te daba un poco de miedo.
Hay algo en la primavera que nos empuja a salir de lo rutinario. Quizás porque todo a nuestro alrededor también está cambiando y porque ver cómo la naturaleza se transforma nos recuerda que nosotras también podemos hacerlo.
Es la estación de los comienzos, de los “por qué no”, de las segundas oportunidades. Aunque sepamos que habrá inviernos otra vez, también sabemos que el ciclo sigue, que siempre hay un momento para volver a empezar.
Disfrutar lo que dura poco
La primavera es hermosa también porque no dura para siempre y tal vez ahí esté la clave, aprender a disfrutar lo que es pasajero.
Las flores no quedan eternas, los días perfectos tampoco. Sin embargo, eso no les quita belleza, al contrario, la multiplica. Nos recuerda que hay que prestar atención hoy, porque mañana puede ser distinto.
Quizás de eso se trata, de aprender a valorar lo que florece aunque sepamos que un día se marchita. De agradecer lo efímero en lugar de temerle.
Un final y un comienzo
Cada primavera es un recordatorio de que siempre hay algo que puede empezar de nuevo. Que incluso lo que parecía quieto puede florecer.
Podemos elegir acompañar esa estación con gestos simples, con rituales que nos hagan bien, con la decisión de animarnos a lo que teníamos en pausa.
No hay fórmulas ni listas cerradas. Cada una encuentra su manera. Pero la invitación es la misma, dejar que la primavera entre, no solo por la ventana, también por adentro.
Porque al final, florecer es eso: dejar que algo nuevo crezca en nosotras, aunque tarde, aunque dé miedo, aunque sea pequeño. Y confiar en que cada estación tiene su belleza, incluso cuando no lo parece.
